Hay historias que lo tienen todo… Historias felices e historias amargas, pero cuando son estas últimas, la palabra todo cobra pleno sentido, porque hay historias que jamás debieran ser escritas.
Me contaron no hace mucho la historia de Ulises, un gato que fue rescatado de un contenedor de basura con apenas 3 meses. El “encierro”, aunque breve, lo había atontado lo suficiente como para no reaccionar durante el instante que duraba el levantar de la tapa mientras alguien arrojaba su basura dentro, y el peso y el olor se le debían hacer insoportables; supongo que creyó que agotar sus últimas fuerzas en pedir socorro funcionaría, y así fue. Un amigo lo oyó al pasar al lado y se entretuvo en sacar las bolsas de deshechos hasta que dio con él. Aún recuerdo cómo describía el momento en que vio asomar el hocico por una de las asas de la bolsa de plástico en la que estaba metido, dice que cuando lo sacó, el gato sin apenas aliento, lo miró a los ojos y suspiró… Manuel lo envolvió en su sudadera con todo el cuidado del mundo y se lo llevó a casa. En cuestión de unos meses Ulises se había recuperado del todo, nosotros entre bromas, decíamos que había agotado una de sus vidas.
Por circunstancias de la vida, mi compañero tuvo que dar a Ulises en adopción, según él le tranquilizaba saber que el gato estaría bien en casa de sus tíos, en una casa enorme donde correr a sus anchas, con muchos sitios cómodos donde echarse largas siestas y donde no le faltaría cariño ni atención, sus tíos -como él decía eran muy gateros-. Y así fue como Ulises pasó de vivir en un pequeño piso de Ciudad Real, a vivir en una hermosa casa de Porzuna.
Pero si todas las historias acabaran así, todos los finales serían felices… Ni el gato se llamaba Ulises, ni era cachorro cuando lo encontró mi compañero -que tampoco se llama Manuel-. Me han pedido prudencia, pero me puede más la rabia, y he decidido inventar una historia con final feliz para intentar dejar de llorar cada vez que pienso en Él, que fue rescatado de un patio abandonado, hambriento y malherido víctima de un intento de (no sé si llamarlo) asesinato cuando su dueño lo arrojó por la ventana del tercer piso metido en una bolsa de plástico. Porque con apenas año y medio ya había sufrido el maltrato y el abandono.
Él, que rescatado por mi compañero fue llevado a la Protectora de Animales de Ciudad Real, donde por poco muere de pena, donde no se adaptó por miedo y tristeza, y de un macho imponente, corpulento y hermoso, solo quedó un saquito de huesos sin luz en la mirada, como esperando paciente agotar sus siete vidas de una para avitar seguir sufriendo. Porque en apenas un mes se redujo a la mitad de su vida.
Y por fin la esperanza llamó a la puerta y Él fue adoptado por una familia que prometía ser lo que siempre había esperado, y recuperó las ganas de vivir, volvió a su aspecto elegante y de expresión amable, en alguna ocasión hasta me pareció verlo sonreír… Porque alguna de las siete vidas debía de ser buena, por pura probabilidad.
Es curioso el destino, cómo todo depende del tiempo y absolutamente nada de nosotros porque si algo ha de pasar, pasará y no podemos hacer nada. Una compañera, por casualidad, vio en una foto un gato que se parecía muchísimo a Él, aparecía en la calle, tumbado al sol, disfrutando de la tarde mientras parecía posar para el fotógrafo mientras este enfocaba a su hija. Ante la sorpresa de encontrarlo fuera de casa, Inés decidió que al día siguiente iría a buscarlo, pero la parca ya había mostrado sus cartas y Él tenía todas las de perder.
Esa misma noche murío envenenado. Su cuerpo inerte quedó entre las flores del jardín junto a la iglesia del barrio donde vivía, se apagó su vida para siempre. Inés lo encontró allí, solo, frío tras pasar la noche sin más manta que las margaritas que le daban sombra… Aún no soy capaz de imaginar qué sintió en ese instante, pero estoy segura que de entre todas las sensaciones que recorrieron su cuerpo debía sentir rabia, impotencia, odio, y una tristeza inmensa. Y aún oigo sus palabras diciéndome “Solo un día, si hubiera visto las fotos un día antes…”.
Hay historias que jamás deberían ser contadas, que jamás debieran ocurrir. Me hubiera gustado quedarme unos párrafos más arriba, no haber añadido ni una sola línea más, pero es necesario gritarle al mundo que no hay derecho, que el castigo, el maltrato y el abandono deberían estar penados con cárcel, que la gente que hace eso no se merece ni el apelativo de gente, son solo una panda de descerebrados sin conciencia ninguna, y desearía decirle a mi hija, a mi hermana, a mi amiga… “No te cases con él, si eso se lo hace a un animal, qué no será capaz de hacerte a ti”.
Y seguiría gritando porque también hay más responsables en esta historia real, esa gente que cree que los gatos pueden salir a sus anchas a un mundo repleto de peligros y asesinos que mediante venenos se deshacen de vidas inocentes, ¿y si fueran vuestros hijos los que chuparan el veneno que puso el vecino? Cuando se adopta un animal hay que ser consciente de lo que conlleva porque se es responsable de su vida.
¿Cuánto pesa la responsabilidad para este tipo de personas?
Cuánto pesa la responsabilidad para los que estamos de este lado. Porque cuando das un animal en adopción sigues siendo responsable de él y con este gato la lista de responsables se hace cada vez más larga…
Dedicado a…
Inés, porque deja mucha parte de sí misma en este trabajo.
“Manuel”, que con toda su buena fe, lo rescató a Él de aquel patio.
Linux, que murió en las mismas circunstanias, envenenado por algún ingrato.